El poder de las palabras

¿Por qué, por qué, pourquoi, why, warum, perchè este horror a las perras negras?

Julio Cortázar – Rayuela

Soy una de esas personas que creció pensando que lo políticamente incorrecto molaba. Frente a una sociedad rancia, mojigata y con un discurso plagado de eufemismos, ser políticamente incorrecto era una forma transgresora de mostrar que no se tenía miedo a llamar a las cosas por su nombre. Sin embargo, mi opinión sobre lo políticamente incorrecto ha ido cambiando con el tiempo. Y una de las razones de ese cambio es que veo que muchas veces, detrás del argumento de lo políticamente incorrecto se esconden quienes formulan ideas machistas, homófobas o racistas.

Ya expuse algunas de esas ideas aquí, cuando escribí sobre los límites del humor. Pero también pensé en el tema cuando ocurrió la famosa polémica con el premio Nobel que decía que las mujeres lloraban en el laboratorio, o cuando el astrofísico Matt Taylor comentó el aterrizaje de la sonda Philae ante medio mundo vistiendo una camiseta con mujeres desnudas. Mientras una parte del mundo entró en colera y linchó a los dos incautos, la otra se dedicó a quitarle hierro al asunto, tildando a los indignados de “policías de lo políticamente correcto”.

Yo no estoy a favor de linchamientos, me parece demasiado fácil la estrategia de hacer leña del árbol caído para sentir que somos mejores personas (y además se me rompió el corazón cuando vi a Matt Taylor pedir perdón). Pero sí creo que lo que hacen o dicen personajes públicos ante millones de espectadores es importante. En los dos ejemplos anteriores, el mensaje que se pasó es que la ciencia no es lugar para mujeres, algo especialmente grave cuando los datos muestran que ganan menos, reciben menos proyectos y tienen más dificultades para progresar en la carrera científica.

Creo que las palabras tienen el poder de empezar a cambiar el mundo. Por supuesto, las palabras sin hechos no son suficientes, y la prueba la tenemos en Brasil y Estados Unidos, donde la integración racial se ha quedado en la retórica. En los tres años que llevo en São Paulo nunca he oído a nadie proferir un comentario racista. Es más, aquí a un negro ni siquiera se le dice negro, se le llama “moreno” o como mucho “nego” (por alguna razón, si quitas la erre ya no es considerado racista). Por supuesto, dejar de llamarles negros no hace que dejen de ocupar las clases más bajas, que tengan peores salarios ni que sean minoría en cualquier lugar de prestigio, ya sea la universidad o un restaurante caro.

En la misma línea, el otro dia leí un artículo en el que se comentaba que varios famosos (Sacha Baron-Cohen, Cate Blanchett, Matt Damon) se mostraban reacios a tener que usar etiquetas sobre la orientación sexual. La idea es que conceptos como “gay”, “hetero” o “bisexual” están anticuados y que la realidad es mucho más fluida. Y además, que ese tipo de cosas no debería importarle a nadie. He oído discursos semejantes en Brasil con respecto a las razas (“¿Cómo hablar de razas en un país donde todo el mundo es mestizo?”) y también los leo habitualmente en la sección de comentarios de cualquier artículo feminista (“Yo no soy machista ni feminista, yo creo en la igualdad”). Lo cierto es que aunque el fin me parezca encomiable (¿quién no querría vivir en un mundo donde el género, la raza o la orientación sexual no supusiesen discriminación?) me temo que todavía estamos un poco lejos de ese mundo ideal, y al eliminar etiquetas como gay, feminista o negro lo único que conseguimos es invisibilizar la desigualdad.

Hace poco leí la novela Americanah, de la escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie. El libro cuenta, entre otras cosas, la experiencia de una negra africana en Estados Unidos y discute varias ideas interesantes sobre racismo. Una de ellas me gustó especialmente: decir que no hay razas es un privilegio de quienes no sufren racismo.

¿Será casualidad que tanto Sacha Baron-Cohen como Cate Blanchett y Matt Damon sean heterosexuales?

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Santa Cecilia – La joya de Sao Paulo

En 1961 la escritora Jane Jacobs publicó un libro llamado “The Death and Life of Great American Cities“. Se trata de una obra sobre urbanismo escrita por una no-especialista donde se critican con acidez, pero también con datos y mucho sentido común, los dogmas sobre los cuáles se desarrollaron las grandes ciudades americanas durante el siglo XX. Pero quizás lo más interesante del libro es que Jacobs no se limitó a señalar lo que no funcionaba, sino que propuso muchas estrategias para mejorar barrios y ciudades y hacerlos más seguros, habitables y excitantes. Aunque el libro está claramente enfocado hacia el caso estadounidense, sorprende ver cómo muchas de sus observaciones siguen siendo vigentes más de cincuenta años después en muchas otras ciudades del mundo.

En su modelo de ciudad ideal Jacobs se basó mucho en el barrio de Greenwich Village, en Nueva York, donde vivía en la época. Resumiendo mucho, la clave para que una ciudad funcione está en la heterogeneidad. Todo tiene que coexistir: locales comerciales con residenciales, edificios viejos con nuevos, gente de todas las clases sociales y edades. Y tiene que haber un flujo constante de personas que disfrutan de la ciudad a distintas horas del día. Esto permite ocupar el espacio público, aumentar la seguridad, evitar burbujas inmobiliarias y fomentar un clima de tolerancia y respeto.

Hoy en día resulta difícil encontrar sitios así. Los barrios más interesantes suelen ser víctimas de su propio éxito y acabar consumidos por la gentrificación y la especulación. Y si hay un lugar del mundo donde definitivamente NO esperaría encontrar un sitio así es en São Paulo, una ciudad donde el coche campa a sus anchas, las personas con dinero se encierran en urbanizaciones y donde el espacio público está tan maltratado. Y sin embargo, como cantaba Di André, “dai diamante non nasce niente, dal letame nascono i fior” [de los diamantes no crece nada, del estiércol crecen las flores]. Bienvenidos a Santa Cecilia.

Santa Cecilia es un barrio localizado en la zona central de la ciudad. Fue el lugar escogido por gente adinerada y empresarios del café para instalar sus espaciosas casas y mansiones a comienzos del siglo XX. Con los años aparecieron también algunos edificios de apartamentos y comercios, pero a partir de la década de los 70 mucha gente fue dejando el centro y trasladando sus oficinas y negocios hacia la zona de la Avenida Paulista. Por esa época se construyó también el Minhocão, ese horrible scalextric que corta la ciudad y que contribuyó significativamente a la degeneración de los barrios adyacentes, incluída parte de Santa Cecilia. Sin embargo, el desinterés de las clases más pudientes ha permitido que Santa Cecilia haya ido desarrollándose despacito y silenciosamente hasta convertirse en un lugar muy especial. Limita al norte con la Avenida São João, al este con la praça da República, al oeste con el barrio judío de Higienópolis y Perdizes y al sur con el barrio de Consolação y la Avenida Paulista.

En Santa Cecilia uno puede hacer de todo sin salir del barrio. Hay peluquerías, reparadores de electrodomésticos, carnicerías, panaderías, colegios, guaderías, bares, tiendas de libros y discos de segunda mano, restaurantes, gimnasios e incluso un hospital con un edificio muy bonito y antiguo (la Santa Casa).

El centro neurálgico del barrio está en el Largo de Santa Cecilia, que tiene una agradable iglesia. Hay también una boca de metro (todo un lujo en aquí) que hace que el barrio esté bien comunicado con el resto de la ciudad. Por detrás de la iglesia hay tres o cuatro bares que extienden sus terrazas en una pequeña placita. Todos los viernes por la nocohe y el último sábado del mes por la tarde, se conectan unos altavoces y unos micrófonos y una roda de samba ameniza el ambiente. La gente canta, baila y bebe litros y litros de cerveza.

Los domingos se monta al lado del Largo una feria de comida. Es el mejor sitio para comprar frutas, verdura, carne y pescado de calidad. Los vendedores gritan y el aire se llena de colores, olores y sabores. Hay frutas exóticas, puestos enormes donde se venden hasta cinco o seis variedades diferentes de plátanos y también los clásicos puestos de “pastel da feira” y caldo de caña de azúcar.

No lejos del mercado hay una calle muy interesante que merece un apartado propio. Se llama “Canuto do Val”, aunque se conoce como “Calçada da fama” y sus aceras tienen dibujos de estrellas como en Hollywood. Uno de sus lados está ocupado casi en su totalidad por bares: empieza en una esquina con la Casa de los Artistas, que tiene en su pared las fotos de grandes artistas brasileños (aunque dudo mucho que alguno de ellos haya tocado allí) mezcladas con otros “artistas” menos musicales, como Ayrton Senna o el futbolista Sócrates. Luego están el Tudo com Banana, el Coconut, el Siga la Vaca, el Bar do Nelson y el Frango com Tudo. Al final de la manzana hay una tienda de ropa bastante hortera. La peculiaridad de esta calle es que todos estos establecimientos pertenecen a la misma dueña, Lilian Gonçalves, a quien nosotros llamamos cariñosamente, “La baronesa”. A la baronesa es fácil reconocerla, entre otras cosas porque su foto está en la primera página de los menús de sus bares. Es alta, rubia de bote, viste llamativamente y suele pasearse por la Calçada saludando a quien la mire como si fuera famosa. Conduce un Jaguar con pegatinas de sus bares que aparca en la acera de enfrente. Una imprescindible descripción de la Baronesa en su página web la retrata como Reina de la Noche Paulistana en los 80, actriz en nueve largometrajes, escritora de dos libros, directora de nueve programas de televisión, inventora de la las terrazas de los bares (!) y de la “comanda individual” (un papelito donde a cada comensal se le marca lo que consume para poder pagar individualmente), además de, por supuesto, guapa. También informan que ha sido objeto de muchas canciones y que existe una mini-serie televisiva sobre su vida.

A pesar de lo estrafalario del personaje hay que reconocer que la mujer tiene peso en el barrio, ya que da trabajo a un montón de gente (aunque teniendo en cuenta que el servicio es pésimo, no les debe pagar demasiado bien), consigue que haya siempre policía vigilando (ella dice en su web que es “la calle más segura y divertida de SP”) y además la manzana tiene unas aceras anchas que son la alegría de los que paseamos con carritos de bebé.

Un par de bloques después se encuentra una de mis calles favoritas de São Paulo: Barão de Tatuí. Además de tener unas casas antiguas muy bonitas, hay varios bares de viejos, tiendas de antigüedades y buenos restaurantes. Uno de ellos, el Sotero, sirve una excelente comida nordestina y es relativamente famoso en la ciudad. Justo en frente se puede ver un puesto de periódicos reformado (la Banca Tatuí) que vende fanzines y publicaciones independientes. A pocos metros hay otro local interesante llamado Conceição Discos. No queda muy claro si es una tienda de discos de vinilo con cafetería o una cafetería donde se venden discos de vinilo. El ambiente es de gente modernita y se sirven cañas de cerveza artesanal. Al final de la calle hay una bonita iglesia que pertenece a la orden de los Claretianos.

Hacia la zona de Consolação hay una universidad privada bastante prestigiosa, la Universidade Presbiteriana Mackenzie. La calle desde la que se accede a ella está llena de bares y todas las tardes la chavalería se junta para beber cerveza y fumar maconha. Y en los alrededores se encuentra un SESC, un centro comunitario donde uno puede hacer cualquier cosa, desde darse un chapuzón en una piscina a escuchar un concierto o recibir clases de pintura. Algún día escribiré más a fondo sobre los SESC porque, a pesar de ser una iniciativa privada, son el principal foco de cultura del estado.

Y por supuesto, los sábados a partir de las 15:00 y los domingos durante todo el día, los habitantes de Santa Cecilia disfrutamos del cierre al tráfico de vehículos motorizados del Minhocão y aprovechamos para tener durante algunas horas un enorme espacio público para pasear, pedalear y tomar un açaí na tigela o un agua de coco.

No me extiendo más, supongo que los que hayáis llegado hasta aquí habréis entendido mi entusiasmo y prefiero acabar a tiempo antes de resultar pesado. Además, mejor que no se corra demasiado a la voz, no sea que a unos cuantos se les ocurra hacer dinero fácil y se carguen el barrio. Pero mi consejo es que si la vida alguna vez os lleva a São Paulo, no os dejéis asustar por la fama de la ciudad y acercaros a Santa Cecilia. Veréis que otra vida es posible incluso donde uno menos se la espera.

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¿Quién ganó el debate?

Imagino que hoy, como en otras ocasiones similares, la prensa discutirá la importante cuestión de quién ganó el debate. Y una vez más veremos y leeremos sesudos análisis en los que los expertos explicarán que el debate lo ganó Fulano por la forma en la que sujetaba el boli, por su elección de vestuario o por el aplomo con el que contestaba a las preguntas. Las ideas defendidas por cada uno quedan relegadas a un segundo plano, en parte porque a estas alturas nos sabemos de memoria no sólo el argumentario de cada candidato sino hasta sus muletillas, pero también por una necesidad imperiosa de los medios (y supongo que también nuestra) de simplificar.

Como supongo que pensaría Frank Zappa, la pregunta ¿quién ganó el debate? es, o debería ser, tan absurda como ¿quién ganó en el libro que te estás leyendo? o ¿minuto y marcador en “Lágrimas negras”? En mi cabeza uno sólo podría ganar un debate si consiguiese, a golpe de argumento, que el resto le diese la razón, algo que no parece muy probable en los tiempos que corren. Pero la prensa necesita combustible para alimentar las encuestas y seguir exprimiendo ese rentable negocio mediático en que se ha convertido la política. Y sea porque comparar programas electorales es muy difícil o porque todo el mundo sabe que son papel mojado, lo suyo es resumir al estilo deportivo: ¿quién ganó? ¿Por goleada o por la mínima? Isaac Rosa lo contó muy bien cuando el cara a cara entre Iglesias y Rivera en Salvados. Futbolizar la política no puede más que beneficiar a los mediocres (A Mariano Rajoy le gusta esto).

Y ya que he mentado al Presidente acabo con un mensaje para él, por si se pasa por el blog. Todo lo dicho anteriormente no justifica su ausencia en los debates. Usted tiene la obligación de dar la cara y de jugar al juego de la política con las reglas vigentes, le guste o no. Y si no, vuélvase a su puesto de registrador de la propiedad. Espero que su cobardía le pase factura en las urnas.

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Mi primer Science

Hay una cosa en la que coincido con todos los investigadores que conozco: siempre quise publicar en Nature o en Science. Da igual que critiquemos sus prácticas efectistas y su obsesión por lo que llamamos sexy science, no importa que cuando se equivocan sean máquinas de generar “errores de alto impacto” que lleva años desterrar de la literatura, esas dos revistas son la joya de la corona .

A sólo unos meses de acabar mi beca y con la perspectiva de colgar las pipetas me di cuenta de que mis posibilidades de publicar en alguna de las grandes se me iban reduciendo. Me planteé entonces dos posibilidades: la primera consistía en pensar un tema novedoso y ligeramente de moda y trabajar día y noche durante meses, fines de semana incluídos, usando técnicas de última generación, mientras tejía una red de contactos e influencias entre las personas importantes en el campo. La segunda posibilidad era escribir una historia corta sobre ciencia y vida cotidiana y mandarla a la sección Working Life de Science. Al final, como los artículos científicos son más difíciles de leer, me decanté por esta última opción y mandé un texto titulado “How molecular biology helped my parenting”. A la editora le gustó y después de una serie de rondas de ampliación, reordenación y recortes hoy sale publicado con el título (algo más ñoño y autopromocional) de “Science made me a better father“.

Aunque el texto original tenía algo más de malicia, estoy muy satisfecho con como ha quedado. Siento como si hubieran cogido mi historia y la hubieran duchado, vestido de domingo y peinado con la raya a un lado. Ya, no es un look para todos los días, pero qué coño, no todos los días publicamos en una revista así. Espero que os guste.

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El absurdo caso de la fosfoetanolamina

Billones y billones de dólares, euros y yenes son invertidos anualmente en intentar intentar una cura para el cáncer. Algunos de los centros más prestigiosos del mundo, como el Memorial Sloan Kettering Cancer Centre de Nueva York o nuestro Centro de Investigaciones Oncológicas, se dedican exclusivamente a investigar el cáncer. El problema es que a medida que hemos ido avanzando en el entendimiento del cáncer ha empezado a resultar evidente que se trata de una miríada de distintas enfermedades con orígenes, tratamientos y pronósticos muy diferentes. Actualmente se considera que existen alrededor de 100 tipos de cáncer diferentes en humanos.
Este es el telón de fondo, ahora os voy a contar la historia. A finales de losaños 90 un químico del Instituto de Química de Sao Carlos, perteneciente al  Universidad de Sao Paulo, sintetizó fosfoetanolamina y se iniciaron algunos estudios para ver su efecto sobre células cancerosas. No estoy seguro de si esos resultados se llegaron a publicar, porque no encuentro los artículos, pero parece ser que vieron algunos efectos positivos en células en cultivo y en modelos animales. Para poner esto en contexto esto, hay que decir que hay miles de sustancias que tienen efectos anti-tumorales en el laboratorio. Ese es sólo el primer pasito de un larguísimo proceso para poder comercializar una droga. Hay que intentar responder a muchísimas otras preguntas como: ¿contra qué tipos de cánceres es eficaz? ¿cómo se debe administrar para que llegue a la parte del cuerpo donde debe actuar en una forma activa? ¿cómo actúa? ¿a qué dosis? ¿qué otros efectos tiene? ¿es eficaz en humanos? ¿es seguro? Para resolver esas dudas y minimizar el riesgo para la salud pública, la comercialización de fármacos para fines médicos en humanos debe ser realizada siguiendo una serie de etapas en las que se describe lo mejor posible el compuesto y luego se va probando su seguridad y eficacia en pacientes. Es un proceso largo y caro, y la gran mayoría de los compuestos que entran no llegan a comercializarse. Si os parece que esto es un desperdicio de recursos o que son puros trámites burocráticos, leed un poco sobre talidomida, por ejemplo.
En el caso de la fosfoetanolamina, el compuesto no llegó ni a empezar el proceso, ya que los investigadores nunca llegaron a ponerse de acuerdo con un hospital para iniciar los ensayos clínicos. De hecho, el compuesto ni siquiera está registrado en la agencia correspondiente. A pesar de ello, el químico que sintetizó la fosfoetanolamina en cuestión, un tipo llamado Gilberto Orivaldo Chierica, se dedicó a decir que curaba el cáncer y, durante veinte años, estuvo distribuyendo las pastillas a todo el que se las pedía.  Por supuesto, lo hacía sin ninguna garantía, sin folleto, sin indicar qué dosis tomar, simplemente un montón de pastillas en una bolsa de plástico. En esta entrevista tuvo incluso los huevos toreros de decir: “Yo sabía que estaba interfiriendo en recomendaciones médicas. Siempré pensé que antes o después sería arrestado por ejercer ilegalmente la medicina”. Muchos de los pacientes eran terminales, personas que habían sido diagnosticadas como incurables y que lógicamente estaban dispuestas a probar cualquier solución milagrosa. Pero otros eran pacientes en tratamiento, a los que de manera increíblemente irresponsable y sin basarse en ningún estudio, se les recomendaba que dejasen la quimioterapia, ya que la fosfoetanolamina supuestamente funcionaría mejor en sistemas inmunes fortalecidos.
Esta situación se mantuvo así hasta el año pasado, cuando se aprobó una ley que impedía que la universidad distribuyese drogas con fines médicos sin una autorización médica (aparentemente hasta el año pasado se podía, de la bucrocracia de Brasil no me sorprende nada ya). Entonces tiene lugar un nuevo episodio surrealista, porque muchas personas empezaron a pedir judicialmente acceso a la fosfoetanolamina…. Y sorprendentemente lo consiguieron. De todo Brasil venía gente, con su orden judicial, para exigir que les dieran pastillas de fosfoetanolamina. Cientos de personas consiguieron estas autorizaciones, tantas que la propia universidad tuvo que aclarar que no tenía medios para producir la droga a gran escala. En septiembre de este año un juez, viendo lo absurdo de la situación, decretó que, dado que no había ninguna prueba de que el tratamiento funcionase en humanos, se parase de distribuir la fosfoetanolamina. Pero duró poco la prohibición, algunos días después el Supremo Tribunal Federal autorizó a una paciente a acceder a la sustancia e impulsó que el mismo juez que había dictaminado la prohibición se echase atrás, liberando de nuevo la distribución.
A todo esto, con la noticia en los medios, los pedidos de fosfoetanolamina se han multiplicado. La universidad no consigue producir suficiente, vienen personas del Amazonas, del Nordeste, gente desesperada de todas las esquinas de Brasil, alguna hasta ha llegado a hacer huelga de hambre. Ha habido incluso un momento Breaking Bad: un tipo que, después de dar fosfoetanolamina a su madre y ver que mejoraba, convenció al químico de la universidad a que le enseñase a sintetizarla y estuvo distribuyéndola gratuitamente durante algún tiempo, hasta que la policía le arrestó por “falsificación de medicamentos”. En internet, los foros están repletos de historias de curaciones milagrosas, conspiraciones de las farmacéuticas para evitar que salga a la luz la cura del cáncer y seguir ganando dinero a costa de los pacientes, etcétera, etcétera.
El último episodio ha sido la imputación a la Universidad de Sao Paulo por la producción de las pastillas de fosfoetanolamina sin que exista un farmacéutico responsable. Es decir, la justicia por un lado le exige que distribuya las pastillas y por el otro le acusa de no tener la infraestructura adecuada para hacerlo.
Resumiendo: cuando juntas desinformación, burocracia, alarmismo y falta de sentido común, la mezcla puede ser explosiva. Ojalá se sigan los trámites y algún día se demuestre que la fosfoetanolamina pueda curar algo. Sin embargo, mientras se produzca en un laboratorio de química de la facultad, se distribuya sin ningún tipo de información, se use sin entender cómo funciona y, sobre todo, se les diga a los pacientes que abandonen los tratamientos convencionales, mejor no jugar con la salud.
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Last thoughts on Woody Guthrie

Antes de salir de una pequeña ciudad de Minnesota y convertirse en una referencia imprescindible para cuatro generaciones de músicos, Bob Dylan fue un chico de diecinueve años fascinado por un cantante de folk llamado Woody Guthrie. En gran parte fueron las ganas de conocerle las que hicieron que abandonase la universidad y pusiese rumbo a Nueva York. Allí se dirigió al hospital de Greystone Park, donde Guthrie estaba internado, y se hicieron amigos hasta su muerte, en 1967.

Dylan tocando para Woody Guthrie en el hospital. Ilustración del libro “When Bobby met Woody

Dylan expresó y reiteró su admiración por Woody Guthrie en innumerables ocasiones, entre ellas en su autobiografía y en el excelente documental de Scorsesse “No direction home“. De todas estas declaraciones quizás la más bonita sea esta “Last Thoughts on Woody Guthrie”, un texto que, según el propio Dylan explica al principio de la grabación, surgió de un intento fallido de resumir en pocas palabras qué había significado Woody Guthrie para él. El resultado fue un poema fascinante de cinco páginas que además Dylan tuvo a bien regalarnos recitado magistralmente por él mismo.

A mí “Last thoughts on Woody Guthrie” me evoca muchas cosas. Lo descubrí gracias a mi amigo Jorn Seubers, cantante, compositor y dylanita empedernido, que me lo enseñó cuando vivimos juntos en Italia hace ahora trece años. Es un texto que leo y releo (y escucho y reescucho) porque sus frases me vuelven continuamente. Por ejemplo cuando pienso que soy demasiado viejo (o joven) para hacer algo. Cuando busco algo especial. Cuando veo lo que se espera de mi y me pregunto: ¿de verdad tengo que ser así? Y como toda buena poesía, en cada regreso hay siempre algo diferente, algo nuevo o algo que había visto antes pero en lo que no me había fijado bien.

Os advierto que el poema es largo (cinco páginas recitadas en siete minutos), por lo que no os recomiendo que lo pongáis de fondo mientras hacéis otra cosa. En ese sentido es un texto poco apto para los tiempos que corren, de contenidos express, clickbait y consumo cortoplacista. Aún así creo que vale la pena compartirlo, ojalá a alguno le cautive tanto como a mi.

Pido perdón de antemano ya que no he conseguido dar con el tema en Soundcloud y en Youtube y Vimeo sólo he encontrado videos de esos horrorosos en los que van saliendo imágenes de cada cosa que se menciona. En mi defensa sólo diré que escogí el video menos malo. Que lo disfrutéis.

Y de regalo, un par remezclas curiosas aquí y aquí.

………………….

When yer head gets twisted and yer mind grows numb
When you think you’re too old, too young, too smart or too dumb
When yer laggin’ behind an’ losin’ yer pace
In a slow-motion crawl of life’s busy race
No matter what yer doing if you start givin’ up
If the wine don’t come to the top of yer cup
If the wind’s got you sideways with with one hand holdin’ on
And the other starts slipping and the feeling is gone
And yer train engine fire needs a new spark to catch it
And the wood’s easy findin’ but yer lazy to fetch it
And yer sidewalk starts curlin’ and the street gets too long
And you start walkin’ backwards though you know its wrong
And lonesome comes up as down goes the day
And tomorrow’s mornin’ seems so far away
And you feel the reins from yer pony are slippin’
And yer rope is a-slidin’ ’cause yer hands are a-drippin’
And yer sun-decked desert and evergreen valleys
Turn to broken down slums and trash-can alleys
And yer sky cries water and yer drain pipe’s a-pourin’
And the lightnin’s a-flashing and the thunder’s a-crashin’
And the windows are rattlin’ and breakin’ and the roof tops a-shakin’
And yer whole world’s a-slammin’ and bangin’
And yer minutes of sun turn to hours of storm
And to yourself you sometimes say
“I never knew it was gonna be this way
Why didn’t they tell me the day I was born”
And you start gettin’ chills and yer jumping from sweat
And you’re lookin’ for somethin’ you ain’t quite found yet
And yer knee-deep in the dark water with yer hands in the air
And the whole world’s a-watchin’ with a window peek stare
And yer good gal leaves and she’s long gone a-flying
And yer heart feels sick like fish when they’re fryin’
And yer jackhammer falls from yer hand to yer feet
And you need it badly but it lays on the street
And yer bell’s bangin’ loudly but you can’t hear its beat
And you think yer ears might a been hurt
Or yer eyes’ve turned filthy from the sight-blindin’ dirt
And you figured you failed in yesterdays rush
When you were faked out an’ fooled white facing a four flush
And all the time you were holdin’ three queens
And it’s makin you mad, it’s makin’ you mean
Like in the middle of Life magazine
Bouncin’ around a pinball machine
And there’s something on yer mind you wanna be saying
That somebody someplace oughta be hearin’
But it’s trapped on yer tongue and sealed in yer head
And it bothers you badly when your layin’ in bed
And no matter how you try you just can’t say it
And yer scared to yer soul you just might forget it
And yer eyes get swimmy from the tears in yer head
And yer pillows of feathers turn to blankets of lead
And the lion’s mouth opens and yer staring at his teeth
And his jaws start closin with you underneath
And yer flat on your belly with yer hands tied behind
And you wish you’d never taken that last detour sign
And you say to yourself just what am I doin’
On this road I’m walkin’, on this trail I’m turnin’
On this curve I’m hanging
On this pathway I’m strolling, in the space I’m taking
In this air I’m inhaling
Am I mixed up too much, am I mixed up too hard
Why am I walking, where am I running
What am I saying, what am I knowing
On this guitar I’m playing, on this banjo I’m frailin’
On this mandolin I’m strummin’, in the song I’m singin’
In the tune I’m hummin’, in the words I’m writin’
In the words that I’m thinkin’
In this ocean of hours I’m all the time drinkin’
Who am I helping, what am I breaking
What am I giving, what am I taking
But you try with your whole soul best
Never to think these thoughts and never to let
Them kind of thoughts gain ground
Or make yer heart pound
But then again you know why they’re around
Just waiting for a chance to slip and drop down
“Cause sometimes you hear’em when the night times comes creeping
And you fear that they might catch you a-sleeping
And you jump from yer bed, from yer last chapter of dreamin’
And you can’t remember for the best of yer thinking
If that was you in the dream that was screaming
And you know that it’s something special you’re needin’
And you know that there’s no drug that’ll do for the healin’
And no liquor in the land to stop yer brain from bleeding
And you need something special
Yeah, you need something special all right
You need a fast flyin’ train on a tornado track
To shoot you someplace and shoot you back
You need a cyclone wind on a stream engine howler
That’s been banging and booming and blowing forever
That knows yer troubles a hundred times over
You need a Greyhound bus that don’t bar no race
That won’t laugh at yer looks
Your voice or your face
And by any number of bets in the book
Will be rollin’ long after the bubblegum craze
You need something to open up a new door
To show you something you seen before
But overlooked a hundred times or more
You need something to open your eyes
You need something to make it known
That it’s you and no one else that owns
That spot that yer standing, that space that you’re sitting
That the world ain’t got you beat
That it ain’t got you licked
It can’t get you crazy no matter how many
Times you might get kicked
You need something special all right
You need something special to give you hope
But hope’s just a word
That maybe you said or maybe you heard
On some windy corner ’round a wide-angled curve

But that’s what you need man, and you need it bad
And yer trouble is you know it too good
“Cause you look an’ you start getting the chills

“Cause you can’t find it on a dollar bill
And it ain’t on Macy’s window sill
And it ain’t on no rich kid’s road map
And it ain’t in no fat kid’s fraternity house
And it ain’t made in no Hollywood wheat germ
And it ain’t on that dimlit stage
With that half-wit comedian on it
Ranting and raving and taking yer money
And you thinks it’s funny
No you can’t find it in no night club or no yacht club
And it ain’t in the seats of a supper club
And sure as hell you’re bound to tell
That no matter how hard you rub
You just ain’t a-gonna find it on yer ticket stub
No, and it ain’t in the rumors people’re tellin’ you
And it ain’t in the pimple-lotion people are sellin’ you
And it ain’t in no cardboard-box house
Or down any movie star’s blouse
And you can’t find it on the golf course
And Uncle Remus can’t tell you and neither can Santa Claus
And it ain’t in the cream puff hair-do or cotton candy clothes
And it ain’t in the dime store dummies or bubblegum goons
And it ain’t in the marshmallow noises of the chocolate cake voices
That come knockin’ and tappin’ in Christmas wrappin’
Sayin’ ain’t I pretty and ain’t I cute and look at my skin
Look at my skin shine, look at my skin glow
Look at my skin laugh, look at my skin cry
When you can’t even sense if they got any insides
These people so pretty in their ribbons and bows
No you’ll not now or no other day
Find it on the doorsteps made out-a paper mache¥
And inside it the people made of molasses
That every other day buy a new pair of sunglasses
And it ain’t in the fifty-star generals and flipped-out phonies
Who’d turn yuh in for a tenth of a penny
Who breathe and burp and bend and crack
And before you can count from one to ten
Do it all over again but this time behind yer back
My friend
The ones that wheel and deal and whirl and twirl
And play games with each other in their sand-box world
And you can’t find it either in the no-talent fools
That run around gallant
And make all rules for the ones that got talent
And it ain’t in the ones that ain’t got any talent but think they do
And think they’re foolin’ you
The ones who jump on the wagon
Just for a while ’cause they know it’s in style
To get their kicks, get out of it quick
And make all kinds of money and chicks
And you yell to yourself and you throw down yer hat
Sayin’, “Christ do I gotta be like that
Ain’t there no one here that knows where I’m at
Ain’t there no one here that knows how I feel
Good God Almighty
THAT STUFF AIN’T REAL”

No but that ain’t yer game, it ain’t even yer race
You can’t hear yer name, you can’t see yer face
You gotta look some other place
And where do you look for this hope that yer seekin’
Where do you look for this lamp that’s a-burnin’
Where do you look for this oil well gushin’
Where do you look for this candle that’s glowin’
Where do you look for this hope that you know is there
And out there somewhere
And your feet can only walk down two kinds of roads
Your eyes can only look through two kinds of windows
Your nose can only smell two kinds of hallways
You can touch and twist
And turn two kinds of doorknobs
You can either go to the church of your choice
Or you can go to Brooklyn State Hospital
You’ll find God in the church of your choice
You’ll find Woody Guthrie in Brooklyn State Hospital

And though it’s only my opinion
I may be right or wrong
You’ll find them both
In the Grand Canyon
At sundown

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Pedalear con clase

Visto desde fuera, compartir espacio con los coches en la bicicleta puede parecer muy arriesgado. La realidad es que no lo es tanto y la sensación de seguridad aumenta mucho con la práctica. Aunque hay muchas páginas donde podéis encontrar muy buena información sobre cómo pedalear en la ciudad, he juntado aquí unos cuantos consejos que no suelen encontrarse en otras webs y que conforman un estilo de ciclismo urbano que a mi me gusta denominar “pedalear con clase”. Os garantizo que pedaleando con clase no sólo iréis más seguros, sino que además os será casi imposible entrar en disputas con otros vehículos. Y para los que no queráis limitaros a la elegancia en los gestos, os recomiendo la página Cycle Chic, un excelente escaparate de gente bonita pedaleando.

1. Planear bien el recorrido. Antes de salir de casa conviene tener lo más claro posible el camino que se va a tomar teniendo en cuenta tres factores: distancia, inclinación y tráfico, por supuesto intentando buscar el recorrido lo más directo posible, con menos subidas y por calles tranquilas o con carril bici. El peso de cada uno de los factores dependerá de cada persona: yo prefiero dar un rodeo a subir una cuesta o a pedalear por una calle donde los coches circulan muy rápido, pero quien sea más deportista o más intrépido puede trazar rutas diferentes igual de válidas. Páginas como Bikemap dan información de la inclinación de los recorridos. También es importante tener en cuenta qué calles son de sentido único para evitar tener que pedalear en sentido contrario o por la acera, prácticas tremendamente chabacanas y que no corresponden a lo que se espera de un ciclista con clase.

2. Salir con tiempo. Cuando voy en bici casi siempre suelo tardar menos de lo esperado, pero conviene no confiarse. Salir con tiempo permite pedalear con calma e ir más relajado, lo que da distinción.

3. Establecer contacto visual. En cruces, giros, rotondas y situaciones de posible conflicto con otros vehículos siempre viene bien intentar mirar a los ojos a los otros conductores. De esta manera te aseguras de que has sido visto y facilitas la comunicación no verbal para indicar o anticipar los próximos movimientos. Ceder el paso con gesto magnánimo, como si estuviéramos en el Rick’s de Casablanca, siempre queda bien.

4. Respetar las normas. Aunque este es un consejo que puede parecer evidente todos sabemos que, por varias razones, no siempre se tiene en cuenta. Sin embargo, hay una buena razón para seguirlo que raramente se escucha: hay que cumplir las normas para fastidiar a los que dicen que no las cumplimos. Es normal oír o leer comentarios en los que se retrata a los ciclistas como personas que se creen mejor que el resto del universo porque no contaminan. Y aunque sabemos que eso es verdad, las normas de etiqueta del ciclista elegante sugieren no mostrarlo. A mi me encanta llegar al semáforo en rojo y, mientras siento como los coches de alrededor aguardan impacientes a que me lo salte, pararme tranquilamente a esperar el verde.

5. Sonreír. De todas las ventajas de desplazarse en bicicleta mi favorita es que es muy divertido. No se me ocurre mejor forma de convencer a más gente a dejar el coche en casa que enfrentar a la ira del tráfico la sonrisa del ciclista. No en vano uno de los slogans de la Bici Crítica es “Alegría entre tus piernas”. Sonrío y agradezco cuando me ceden el paso y no tengo prioridad. Sonrío y agradezco cuando me ceden el paso y la tengo. Sonrío cada vez que tengo ocasión para hacerlo.

A modo de moraleja, concluyo con un último consejo que engloba a todos los anteriores: cuando vayáis pedaleando y os encontréis en una situación donde no sabéis como actuar pensad: “¿Qué haría Humphrey Bogart si estuviera en mi lugar?”. Quizás este sea el principio de una maravillosa amistad con tu bicicleta.

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