¿Ha cambiado el mundo en cuarenta años?

“El primer hombre que se acercara con una mirada cínica o coqueta recibiría un rodillazo en los huevos o un puñetazo en la mandíbula. No estaría allí sentada, llena de miedo, como a los trece años, cuando los exhibicionistas empezaban a bajarse la cremallera de sus pantalones frente a mí en el metro desierto, cuando yo iba camino de la escuela superior. De hecho, solía temer que se sintieran insultados y se vengaran de manera terrible a no ser que me quedara clavada en mi asiento. Por lo tanto, allí permanecía, pretendiendo que leía y confiando que, de alguna manera, el libro me protegería. Más tarde, en Italia, cuando los hombres me seguían por las ruinas o me perseguían en coche por las avenidas (abriendo las portezuelas y susurrando vieni, vieni), siempre me preguntaba por qué me sentía tan insultada, como si me escupieran encima, y furiosa. Se suponía que era algo halagador. Se suponía que eso probaba mi feminidad. Mi madre siempre hablaba de lo muy femenina que se sentía en Italia. Entonces, ¿por qué yo me sentía tan acosada? Debía de fallarme algo, pensaba. Solía intentar una sonrisa y apartarme el pelo para demostrar que estaba agradecida. Y, acto seguido, me sentía como una tramposa. ¿Por qué no estaba agradecida por verme acosada?

Pero ahora deseaba estar sola, y si alguien interpretaba mi conducta de manera distinta, reaccionaría como una fiera. Incluso Bennett, con toda su supuesta psicología y penetración, mantenía que los hombres intentaban ligar conmigo constantemente porque yo les expresaba mi «disponibilidad», según lo expresaba él. Porque me vestía de una manera demasiado sexy. O porque me peinaba de forma demasiado caprichosa. O algo. Me merecía que me atacaran, en pocas palabras. Era la misma jerga que ha habido siempre referida a la guerra entre los sexos, el mismo argot de los años cincuenta disfrazado: no existe la violación; ustedes, las mujeres, son quienes en todo caso la piden. Ustedes.

Agité mi cerveza. Tan pronto como levanté la mirada, un hombre, sentado a una mesa cercana, me llamó la atención. Tenía una mirada fanfarrona en la que podía leerse: Sé lo que deseas pequeña… (…) Arrugué la frente y miré al suelo. ¿No podía ver que no quería a nadie? ¿No podía ver que estaba cansada, sucia y apaleada? ¿No podía ver que me agarraba a mi vaso de cerveza como si se tratara del Santo Grial? ¿Por qué siempre que rechazabas a un hombre —le rechazabas sinceramente y de todo corazón—, el hombre persistía en creer que lo hacías por coquetear?

Recordé la época en que solía albergar fantasías de hombres en trenes. Es cierto que nunca pasaron de la pura imaginación, y yo no me hubiera atrevido a llevarlas a cabo. Ni siquiera fui lo bastante valiente para escribir al respecto hasta mucho más tarde. Pero supongamos que me hubiera acercado a uno de aquellos hombres y supongamos que él me hubiera rechazado, que hubiera mirado para otro lugar, demostrando disgusto o asco. Entonces, ¿qué? Inmediatamente me hubiera tomado muy a pecho el rechazo, hubiera creído que me había puesto en ridículo, me hubiera echado la culpa a mí misma por ser una mujer perversa, una puta, una marrana, una perturbadora del orden… Inmediatamente hubiera echado la culpa a mi propia falta de atractivo, no a la renuncia del hombre, y me hubiera sentido deshecha durante días por su rechazo. Sin embargo, un hombre acepta que la negativa de la mujer forma parte del juego. O, en cualquier caso, muchos hombres lo aceptan. Cuando un hombre dice no, es no. Cuando una mujer dice no, es sí o quizás. Incluso se cuenta un chiste para probarlo. Y, poco a poco, las mujeres empiezan a creer en
esta imagen de sí mismas. Finalmente, después de siglos de vivir bajo la sombra de tales presunciones, ya no saben lo que quieren y nunca pueden decidir acerca de nada. Y los hombres, naturalmente, redondean el problema burlándose de ellas por su indecisión y echando la culpa a la biología, a las hormonas, a la tensión premenstrual.”

Erica Jong – Miedo a volar (1973)

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