El poder de las palabras

¿Por qué, por qué, pourquoi, why, warum, perchè este horror a las perras negras?

Julio Cortázar – Rayuela

Soy una de esas personas que creció pensando que lo políticamente incorrecto molaba. Frente a una sociedad rancia, mojigata y con un discurso plagado de eufemismos, ser políticamente incorrecto era una forma transgresora de mostrar que no se tenía miedo a llamar a las cosas por su nombre. Sin embargo, mi opinión sobre lo políticamente incorrecto ha ido cambiando con el tiempo. Y una de las razones de ese cambio es que veo que muchas veces, detrás del argumento de lo políticamente incorrecto se esconden quienes formulan ideas machistas, homófobas o racistas.

Ya expuse algunas de esas ideas aquí, cuando escribí sobre los límites del humor. Pero también pensé en el tema cuando ocurrió la famosa polémica con el premio Nobel que decía que las mujeres lloraban en el laboratorio, o cuando el astrofísico Matt Taylor comentó el aterrizaje de la sonda Philae ante medio mundo vistiendo una camiseta con mujeres desnudas. Mientras una parte del mundo entró en colera y linchó a los dos incautos, la otra se dedicó a quitarle hierro al asunto, tildando a los indignados de “policías de lo políticamente correcto”.

Yo no estoy a favor de linchamientos, me parece demasiado fácil la estrategia de hacer leña del árbol caído para sentir que somos mejores personas (y además se me rompió el corazón cuando vi a Matt Taylor pedir perdón). Pero sí creo que lo que hacen o dicen personajes públicos ante millones de espectadores es importante. En los dos ejemplos anteriores, el mensaje que se pasó es que la ciencia no es lugar para mujeres, algo especialmente grave cuando los datos muestran que ganan menos, reciben menos proyectos y tienen más dificultades para progresar en la carrera científica.

Creo que las palabras tienen el poder de empezar a cambiar el mundo. Por supuesto, las palabras sin hechos no son suficientes, y la prueba la tenemos en Brasil y Estados Unidos, donde la integración racial se ha quedado en la retórica. En los tres años que llevo en São Paulo nunca he oído a nadie proferir un comentario racista. Es más, aquí a un negro ni siquiera se le dice negro, se le llama “moreno” o como mucho “nego” (por alguna razón, si quitas la erre ya no es considerado racista). Por supuesto, dejar de llamarles negros no hace que dejen de ocupar las clases más bajas, que tengan peores salarios ni que sean minoría en cualquier lugar de prestigio, ya sea la universidad o un restaurante caro.

En la misma línea, el otro dia leí un artículo en el que se comentaba que varios famosos (Sacha Baron-Cohen, Cate Blanchett, Matt Damon) se mostraban reacios a tener que usar etiquetas sobre la orientación sexual. La idea es que conceptos como “gay”, “hetero” o “bisexual” están anticuados y que la realidad es mucho más fluida. Y además, que ese tipo de cosas no debería importarle a nadie. He oído discursos semejantes en Brasil con respecto a las razas (“¿Cómo hablar de razas en un país donde todo el mundo es mestizo?”) y también los leo habitualmente en la sección de comentarios de cualquier artículo feminista (“Yo no soy machista ni feminista, yo creo en la igualdad”). Lo cierto es que aunque el fin me parezca encomiable (¿quién no querría vivir en un mundo donde el género, la raza o la orientación sexual no supusiesen discriminación?) me temo que todavía estamos un poco lejos de ese mundo ideal, y al eliminar etiquetas como gay, feminista o negro lo único que conseguimos es invisibilizar la desigualdad.

Hace poco leí la novela Americanah, de la escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie. El libro cuenta, entre otras cosas, la experiencia de una negra africana en Estados Unidos y discute varias ideas interesantes sobre racismo. Una de ellas me gustó especialmente: decir que no hay razas es un privilegio de quienes no sufren racismo.

¿Será casualidad que tanto Sacha Baron-Cohen como Cate Blanchett y Matt Damon sean heterosexuales?

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