Mi primer mes como padre

Leí una vez en un libro de Stephen Jay Gould una observación en la que nunca me había parado a pensar: todos y cada uno de los seres vivos que existimos en este preciso instante en la Tierra somos el final de una larga e ininterrumpida cadena de divisiones desde la primera célula. Hay algo mágico, algo que ha perdurado más de cuatro mil millones de años, en cada bacteria, insecto, perro, mono y humano que puebla nuestro planeta. Y cuando un ser vivo muere sin dejar descendencia la cadena se rompe y se deshace ese vínculo invisible con el origen de la vida. Y bueno, aunque esto no fuera algo que me quitara el sueño y ni siquiera me parezca una buena razón para lanzarse a procrear, he de admitir que de alguna manera me siento como si hubiera hecho mis deberes metafísicos.

Saldadas mis cuentas con el origen de la vida, ahora sólo queda educar a Rita. Empezamos la faena hace ahora un mes, una tarde que salimos huyendo del hospital prácticamente a la carrera, y si todo va bien esperamos poder dejarla más o menos acabada de aquí a unos veinte años, quizás menos si conseguimos que estudie fuera. De las miserias del pre-parto, el parto y el post-parto hablaré algún otro día. Hoy me voy a limitar a hacer un pequeño balance de este primer mes de paternidad para aportar mi granito de arena a esa maraña confusa de información contradictoria con la que es asediado el padre neófito.

Lo primero que he descubierto como padre es que, aunque nadie tiene ni idea de cómo educar a los hijos, todo el mundo se siente autorizado a dar consejos. Si dudas de si puedes dormir con el bebé en la misma cama, en internet encontrarás quien te dice que es fantástico (y te enseñará que se llama colecho) y quien te dice que es horrible y que algún día pagarás por ello. Un médico te aconsejará salir a dar un paseo con el bebé de vez en cuando y otro a mantenerlo cerrado en casa hasta que sepa hacerse un huevo frito. Para unos las toallitas húmedas son poco menos que lijas. Para otros los pañales desechables contaminan más que los coches. Hay además un enfrentamiento dialéctico de dos miedos latentes en cada decisión que tomas: por un lado que el bebé sufra (¡pobrecito! ¡una cosita tan pequeña e indenfensa!). Por el otro, que el bebé se malacostumbre (¡ese pequeño manipulador nos tiene plegados a sus deseos!). Yo, con la misma ignorancia rampante que veo a mi alrededor, me permito repetir el único consejo que me ha gustado de todos los que he escuchado en mi corta experiencia como padre: “durante los primeros meses haz lo que puedas y pasa de lo que te diga la gente”. Porque bastante complicado es el asunto…

Y hablando de complicaciones, aquí voy a desvelar uno de los grandes secretos de la paternidad, quizás el que más me ha sorprendido. Durante el embarazo, es habitual oír que el primer mes es el más complicado porque el bebé llora y se duerme poco. Yo he conseguido una carrera y un doctorado durmiendo poco (y haciendo gran parte de los exámenes y los experimentos de resaca), así que un mes de poco sueño (sobrio) no me asustaba demasiado. Sin embargo, los vaticinios eran ciertos y este mes ha sido bastante duro. ¿Sueño? ¡Qué va! Quien duerme poco es Isa, que tiene que dar de mamar a Rita cada dos o tres horas. ¡Lo realmente difícil para mi es aguantar a Isa! Claro, tiene sus razones: te echan del hospital medio inválida, con un bajón hormonal del copón, te obligan a dormir poco y encima te cuelgan a un bebé de la teta. Yo también estaría insoportable. Y es que en esto la naturaleza ha sido muy injusta: a la madre le impone nueve meses de embarazo, el parto y encima la lactancia. El premio a llevar nueve meses sin beber es seguir sin poder beber y además no poder moverse. Al padre, aunque le toca el trabajo que luce menos, por lo menos se le reserva la salud mental y su ineptitud le garantiza cierta libertad. La situación es tan dramática que Isa tiene envidia de que yo vaya al trabajo, imaginaos lo duro que tiene que estar siendo para ella. Pero bueno, bromas aparte, está haciendo un trabajo extraordinario, cuidando a Rita la mayor parte del día y sacando adelante la parte más difícil de la crianza. Y si este relato de padre es optimista es gracias a ella y a su esfuerzo.

Para ayudarme con las chicas, poner lavadoras, preparar deliciosas comidas y tener un testigo incómodo de nuestra enorme ignorancia, tuvimos a mi suegra un par de semanas en casa (dejando de paso a su pareja libre para campar a sus anchas en Madrid). Y aunque sea un poco corta-rollos hablar bien de una suegra, debo decir que se portó bien, evitando reírse en nuestra cara de nuestra torpeza, dándonos buenos consejos disimuladamente y animándonos cuando pensábamos devolver a la niña. A pesar de mis miedos, no utilizó ni una sola vez usó la expresión, “trae pacá, que no tienes ni puta idea”.

Los cuidados básicos del bebé se aprenden rápidamente, incluso para la gente de mi generación, cuyos conocimientos se resumen a haber visto dos o tres veces “Mira quién habla” (5.8 en IMDb, casi un Bien). Cambiar un pañal está al nivel de la mayoría de las técnicas que uso normalmente en el laboratorio. Bañar a la niña tampoco tiene demasiado misterio (sí, hay que calentar agua y meterla en ella). El funcionamiento de un bebé es relativamente sencillo: cuando se despierta llora y cuando mama se calla y luego duerme. Los intervalos entre el sueño, la teta y el llanto le sirven al bebé para cagar y mear y a ti para cambiar los pañales. En fin, it’s not rocket science.

Cuidando a Rita he confirmado varias cosas que había escuchado sobre los bebés pero nunca me había creído demasiado. La primera, que huelen bien. Es increíble, pero los bebés exhalan un olor suave que debe conseguirse no haciendo absolutamente nada en la vida (tengo amigos que huelen igual). Otra, que los padres somos capaces de identificar el llanto de nuestro bebé. En realidad, lo que pasa es que te acostumbras al timbre y su repertorio de frases no es muy amplio. Esto te permite no sólo distinguir a tu bebé entre los demás, sino saber para qué te reclama. También he confirmado que la mejor forma de dormir a un bebé es salir a dar una vuelta. La gente con dinero, estilo y poca conciencia ecológica hace esto en el coche. Yo prefiero salir con un fular portabebés como si aún viviera en Lavapiés. Es cómodo y a las viejas del barrio se les ponen los ojos como al emoji de los corazones.

Os dejo, que seguro que debería estar haciendo algo más productivo para mi familia. Espero que este relato os haya animado y nos veamos pronto empujando el carrito por el parque. Besos.

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3 Responses to Mi primer mes como padre

  1. Raúl says:

    Jajaja, ya se sabe, es lo que tiene eso de estar de Rodríguez en Madrid … Es un relato muy bonito, Nacho, me ha gustado mucho, incluso he reído y sonreído como si estuviera escuchando un monólogo del Club de la Comedia. Gracias por el enlace. Un abrazo.

  2. juanibiris2 says:

    Que bueno nacho. Pero me has defraudado, no has dedicado ni una sola palabra al querido meconio. Ya verás que rápido crecen. Disfrútala a tope. Un fuerte abrazo

  3. Marta V says:

    Jajaja estás hecho un padrazo Nachete, me ha encantado el consejo de “haz lo que puedas y pasa de lo que te digan” la gente de mi entorno se toma de un a pecho lo de colecho si colecho no etc que parece que la vida entera del niño va a depender de esas pequeñas decisiones! que fluyaaaaaaaaaaaaaa. un beson para los tres

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