Los indios de Brasil

Los indios ayer

Cuando los portugueses llegaron a lo que hoy se llama Brasil se encontraron con una gran cantidad de pueblos seminómadas que vivían de las caza, la pesca y la agricultura itinerante. Plantaban mandioca y comían frijoles, piña, papaya, maíz y muchas otras plantas hoy características de la alimentación brasileña y, en algunos casos, mundial. Debido a las extraordinarias condiciones naturales en las que vivían, dedicaban pocas horas al trabajo y muchas al placer (a ellos les debemos la hamaca), y tenían un conocimiento muy profundo de la naturaleza, de los animales de la selva y de la utilidad de muchas plantas.

asdDurante la primera fase de la colonización la lengua de uso en Brasil era la llamada “lengua general”, compuesta con retazos de las distintas lenguas tupís que se hablaban en el litoral de Brasil. El portugués sólo se impuso más tarde, en parte gracias a los esclavos negros, que al provenir de diferentes tribus y carecer de un idioma común, acabaron adoptando la lengua de sus patrones para comunicarse entre ellos. Fueron también los negros quienes más tarde lo extendieron desde las plantaciones de caña y café del nordeste a las zonas mineras más meridionales y desde allí al resto del país.

Las lenguas indígenas marcaron para siempre el portugués de Brasil. Mucho del vocabulario que diferencia la lengua de aquí con la de Portugal proviene del tupí, como abacaxí (piña), catapora (varicela) o pipoca (palomita). También aprovecharon su gran conocimiento de la fauna y hoy en día se nombran muchísimos animales con sus nombres indígenas: araras (vimos una pareja en Mato Grosso, espectaculares), capivaras (hay un montón cerca de los ríos, incluso en Sao Paulo), urubus (un tipo de buitres muy habitual aquí), tamanduás (una especie de oso hormiguero), etcétera. Y claro, basta echar un vistazo al mapa de Brasil para encontrar por todos lados nombres como Paranapiacaba (“lugar desde donde se ve el mar”), Taubaté (“piedras altas”), Pirassununga (“peces ruidosos”), por no hablar de lugares célebres como Ipanema (“laguna maloliente”) o Iguazú (“agua grande”).

Los indios hoy

De los millones de indios que había en el siglo XVI su población fue diezmada a unos cientos de miles a mediados del siglo XX. Desde que existe una legislación que les protege, su población ha vuelto a aumentar. En el censo de 2010 se contabilizaron 869.9 mil indígenas, 305 etnias y 274 lenguas. Un fragmento del análisis del censo es revelador de las peculiaridades de los indios:

El análisis de rendimientos comprobó la necesidad de tener una mirada diferenciada con respecto a los indígenas: un 52.9% no tiene ningún tipo de ingresos, proporción aún mayor en las áreas rurales (65.7%); sin embargo, varios factores dificultan la obtención de información sobre los rendimientos de los trabajadores indígenas: muchos trabajos son realizados colectivamente, ocio y trabajo no son fácilmente separables y la relación con la tierra tiene un enorme significado, sin la noción de propiedad privada”.

En la actualidad la mayor parte de las comunidades indígenas se encuentran en la zona del Amazonas, pero existen poblaciones prácticamente en todos los estados del país, incluso en la mismísima ciudad de Sao Paulo. Y por supuesto, el nivel de exposición a la “cultura occidental” ocupa el amplio espectro que va desde desde las tribus que todavía permanecen aisladas a esas comunidades que viven en los suburbios de grandes ciudades.

Los indios son vistos por gran parte de la población brasileña con indiferencia, en el mejor de los casos, y con cierta hostilidad en muchos otros. El hecho de que tengan una legislación especial y que haya una gran parte del territorio que esté delimitado como tierra indígena hace que muchas personas consideren que los indios tienen un trato de favor. La crítica más habitual hacia los indios es que han perdido su identidad porque visten ropas occidentales, usan smartphones y conducen coches. Tengo un compañero que dice que los indios son terratenientes que conducen 4×4 y que sólo se ponen las plumas para ir a manifestarse frente al ayuntamiento.

Aunque ninguno de nosotros vaya vestido como se vestía hace quinientos años, a los indios se les exige para ser indios que sigan siendo como eran cuando llegaron los portugueses, que vistan con taparrabos y plumas y que cacen con arco y flechas. Sin embargo, adaptarse a situaciones modernas no quere decir abandonar las raíces. Como bien explican en el recomendable post “Las 10 mentiras más contadas sobre los indígenas”, los indios pueden usar la tecnología que han incorporado para seguir siendo indios vendiendo artesanía por Facebook, enviando e-mails a la familia en la aldea mientras están estudiando en la ciudad o para vigilar por GPS las actividades de los madereros ilegales. Una buena parodia sobre los indios y la cultura occidental la podéis ver en esta recreación del encuentro de los primeros colonizadores portugueses con indios con pantalones Adidas, smartphones y tarjetas de crédito.

Otro factor que juega en contra de los indios es el interés económico de las tierras que ocupan. Actualmente unos 106 millones de hectáreas corresponden a territorio indígena, lo que supone un 12.5% del territorio de Brasil. Esto hace que muchos les consideren enemigos del progreso, principalmente la llamada bancada ruralista, un poderoso frente parlamentar que defiende los intereses de los propietarios del agronegocio y que se caracteriza por oponerse a cualquier tipo de medida conservacionista (por si alguien tiene dudas de las intenciones del nuevo gobierno de Dilma en este sentido, la ministra de agricultura Kátia Abreu, a.k.a. “Miss deforestación”, es un miembro importante de la bancada). También son habituales los enfrentamientos entre comunidades indígenas y madereros ilegales.

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Actualmente el caballo de batalla de la causa indígena es la construcción de la presa hidroléctrica de Belo Monte, en el río Xingú, un afluente del Amazonas en la región de Pará. Se trata de una polémica y gigantesca obra que está desestructurando a las comunidades de la zona, muchas de las cuáles llevan pocos años en contacto con nuestra civilización y son por lo tanto más sensibles. En una reciente entrevista de la periodista brasileña Eliane Brum a Thais Santi, fiscal del Ministerio Público Federal en la zona, ésta cuenta cómo la constructora ha desestabilizado a las comunidades creándoles una dependencia absoluta de la empresa, en una maniobra que no duda en calificar de etonicidio.

Los indios mañana

Quiero acabar el post hablando de unas ideas del antropólogo Eduardo Viveiros de Castro. De Viveiros de Castro tengo pendiente escribir un post más largo, porque es uno de los pensadores brasileños actuales que más me gusta, pero si queréis ir empapándoos de sus ideas os recomiendo encarecidamente esta larga entrevista que le hizo el periódico portugués Público algunos meses antes del Mundial de fútbol. Si no sois tan de leer y preferís un video, aquí tenéis una entrevista en el talk-show de Rafucko. Y si lo que os pasa es que no os enterais de nada con el portugués, aquí una entrevista en español junto a su esposa, la filósofa Déborah Danowski.

Para Viveiros de Castro el indigenismo no es cosa del pasado, sino del futuro. Lo que caracteriza al hombre blanco es la ausencia de límites: construír sin parar, crecer sin parar. Los indios viven en equilibrio con su ambiente, obtienen lo que necesitan para vivir de la naturaleza en cantidades razonables y dedican más tiempo a interaccionar entre ellos y con el mundo. Se lamenta de que Brasil haya seguido la senda capitalista y se haya empeñado en ser una “Estados Unidos de segunda clase”, cuando tenía todos los ingredientes culturales, ambientales y sociales para haber apostado por una vía propia basada en la cultura indígena. Pero en un planeta al borde del colapso ecológico, volverse indio va a ser inevitable. Y como dice Viveiros, “vai ser legal”.

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