La boda de Caetano

caetanoLa boda fue el 29 de noviembre de 1967, en Salvador, y se convirtió, a nuestro pesar, en un acontecimiento público. Nos íbamos a casar en la iglesia de San Pedro, Dedé con un vestido corto de color rosa, con una capucha del mismo molor (un arreglo de Ana, la mujer de Torquato), y yo con traje y camisa con cuello alto de color naranja (en la línea inventada por Guilherme para evitar los smokings que todos usaban en las presentaciones de TV). Yo llevaría una gran flor amarilla en la mano. Pero la ceremonia era secreta. La familia de Dedé y la mía mantuvieron todo en el más absoluto sigilo. Sin embargo, la mañana del día 29 salimos en el coche del padre de Dedé y, al entrar en la avenida Sete de Setembro, nos encontramos con un atasco monstruoso. Llegamos a la iglesia muy atrasados y descubrimos que el atasco se debía a la multitud de colegialas que, con el uniforme de la escuela, faltaban a clase para ver cómo me casaba. Alguien (Dedé siempre pensó que hubiera sido Guilherme Araújo, pero él siempre lo negó) se lo había dicho a un locutor de radio y éste, desde primera hora de la mañana, divulgaba el horario y la dirección. Fue dificilísimo llegar al interior de la iglesia. Y aún después de entrar, las cosas no se mostraron más fáciles. Hordas de chicas uniformadas abarrotaban el templo, distribuídas por todos los asientos, los pasillos, los púlpitos, los altares. Parecía una pesadilla. Ellas cantaban “Alegría, alegría” e intentaban acercarse a mí. Las que lo conseguían, agarraban trozos de mi pelo y algunas agredieron a Dedé. Mi madre, siempre tan serena, se desmayó. Bethânia se llevó un golpe en la cabeza. Yo me quería ir. Pero no se podía salir. El cura pidió silencio y respeto, en vano. Él propio quiso desistir de la ceremonia, pero tampoco vió cómo podríamos salir nosotros antes de que él calmase a las chicas. Yo me sentó muy angustiado. Dedé y yo siempre nos dijimos que no nos casaríamos. Pero ella creyó a su madre cuando le dijo que “moriría” si se iba a vivir conmigo a São Paulo sin casarnos. Como yo no tenía ningunas ganas de separarme de Dedé, acepté que lo hiciésemos, aunque no pensara, como ella hacía, que lo mismo daba casarse o no. En medio de aquel caos tuve miedo. Muchos hombres dicen sentir una ansiedad de cárcel en el momento del matrimonio. Yo estuve desesperado. Las adolescentes parecían multiplicarse como ángeles lascivos en una iglesia barroca bahiana (no era el caso de aquella, un templo comparativamente sobrio, del siglo XIX) y yo entraba en la vida adulta con un compromiso cuyo peso era representado por un sacramento.

(…) No sé cómo salimos de allí. Habíamos organizado después una fiesta, sólo para la familia y los amigos íntimos. Debería ser tan secreta como la ceremonia, y yo estaba convencido de que no sería posible realizarla. El lugar escogido era un restaurante a la orilla del mar, escondido de la calle por situarse en la parte de atrás de un monte sin otras casas, en medio de la vegetación, rodeado de balcones y con una escalera que daba a una playa preciosa y siempre desierta. pensé que, si habían descubierto lo que pasaría en la iglesia, con más facilidad encontrarían el restaurante y la playa. Pero Tom Zé, que se encargó del secreto de esa comida, nos aseguró que todo funcionaría. Y funcionó. Fuimos al restaurante y bajamos a la playa y no apareció andie que no fuera muy íntimo. El día estaba precioso, todo se calmó y se alegró, y yo pensé que Dedé estaba preciosa y me sentí feliz por estar casado con ella. Una felicidad que duró mientras duró nuestro matrimonio.

Caetano Veloso – Verdade tropical

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